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Argumentos sin rostro humano

7 mayo, 2015

En El Castillo, Kafka narra la historia de un tipo que es contratado por las autoridades de un castillo para realizar una serie de mediciones topográficas. El protagonista, conocido solamente como K., se esfuerza por contactar con las misteriosas personas que le han llamado

para conocer los términos de su encargo. Debido a las interminables trabas burocráticas, acceder a ellas acaba resultando una misión imposible y desesperante. En líneas generales, la novela trata sobre la alienación y la deshumanización de los sistemas creados por los hombres.

El personaje se caracteriza por su anonimato casi total, reflejado tanto en la referencia a él a lo largo de la novela solo con una letra, como en la falta de precisiones acerca de su pasado. K es un individuo sin rasgos de identidad. Como no puede ser de otra forma, K. acaba resultando un personaje gris y anodino.

Muchas veces, los abogados acabamos defendiendo en nuestros escritos a tipos como K. Sin ser conscientes, caemos en la despersonalización de nuestro relato, en perjuicio de nuestra eficacia argumentativa y, por tanto, de nuestro cliente. En el mundillo jurídico existe una tendencia a usar expresiones abstractas como la actora, el demandado, el apelante, el solicitante o incluso vocablos compuestos como el actor reconvenido o la demandada apelante. La cosa se puede complicar más y, sin darnos cuenta, podemos vernos utilizando palabrejas como el derechohabiente, el licenciatario o el usucapiente sin levantar una ceja.

Esta jerga despersonalizada (¿inhumana?) puede dar a pasajes kafkianos como el que encontramos en esta sentencia:

Se estima en parte el recurso de apelación interpuesto por el demandado, y se declara que la Cooperativa actora debe abonar al demandadoreconviniente, aquí apelante, la cantidad de 5.211.717 pesetas en concepto de reembolso de las aportaciones realizadas a la misma y adeuda al demandado la cantidad total de 3.890.696 pesetas, más los intereses legales.

Leer treinta o cuarenta páginas con este argot es el castigo procesal equivalente a leer la guía telefónica. Los maestros en redacción jurídica coinciden en recomendar el uso preferente de nombres propios como mecanismo para para ganar puntos de persuasión. Ayudan a dar precisión, solidez y un toque humano al texto. Resulta más cercano hablar de D. Juan Antonio Ortiz, del Hotel Villamar o de Iberia siempre que sea posible. Para evitar reiteraciones, también podemos hablar del cliente, del establecimiento o de la compañía aérea. Y sólo de forma limitada (sin abusar) deberíamos aludir a su condición de demandante, apelante, licenciatario o similares.

En otros países incluso existen precedentes judiciales con nombre propio. Por ejemplo, en Estados Unidos encontramos las famosas sentencias Brown vs. Consejo de Educación, sobre la segregación en las escuelas, o Kelo vs. New London sobre expropiaciones sin uso público.

La personalización de nuestros escritos hace que nuestro discurso se vuelva más persuasivo. Imprime a nuestros argumentos un poco de calor humano y vuelve a poner a la persona en el corazón de la controversia. No estamos escribiendo la teoría de la razón pura. No defendemos situaciones de injusticia abstracta. Defendemos casos concretos, a veces incluso dramas personales. Por ejemplo, en un caso de preferentes, es una pena hablar de ‘la acción ejercitada por la actora’ pudiendo construir una historia humana sobre el engaño sufrido por Dña. Carmina a manos de Banco Santander. En una demanda de alimentos, hablar del alimentista en vez del niño Matías supone tanto como atarse una mano a la espalda para salir a boxear.

Hay que tener la genialidad de Kafka para conseguir que la historia de un tipo sin nombre y sin rostro resulte interesante para el juez. Como dice Bruce Springsteen en su canción, “sólo quiero algo a lo que agarrarme / y un poco de ese toque humano / sólo un poco de ese toque humano” (Human touch, 1992).

Una respuesta a “Argumentos sin rostro humano”

  1. […] Puedes leer un poco más sobre este tema en una entrada antigua de este blog: Argumentos sin rostro humano. […]

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