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El Tribunal Supremo y el heroísmo obrero

3 febrero, 2017
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 Porque no te dan tiempo en vez de dártelo todo / Hasta que el dolor es tan grande que no sientes nada / Podrías ser un héroe de la clase obrera (John Lennon, 1971) 

“Obreros del Derecho”.

A mediados de 2015 se jubiló Sebastián Sastre Papiol. El que había sido jefe de los servicios jurídicos de “la Caixa” durante tres décadas se incorporó como magistrado del Tribunal Supremo por el llamado quinto turno, que permite el acceso a juristas de reconocido prestigio. Después de prestar servicio durante tres años, dejó la Sala al cumplir la edad de jubilación (70 años). Podía haber seguido durante dos años más, pero prefirió no hacerlo.

Gracias a la irrupción de medios digitales especializados, en los últimos dos años se han publicado algunos detalles sobre la realidad del trabajo de los magistrados del Tribunal Supremo que solo se conocían en determinados círculos de la magistratura y la casación. En una entrevista concedida a Confilegal poco después de su salida, Sastre Papiol reconoció haber dejado el Tribunal Supremo por la agobiante carga de trabajo que soportaba y la falta de medios humanos y materiales de la Sala. Él mismo tenía que buscar la jurisprudencia y redactar las resoluciones. Según confesó, vivía en una situación de estrés permanente y se había acostumbrado a no tener fines de semana. Así se entiende que en los tres años que fue magistrado Sastre Papiol fuera responsable de 270 sentencias. Los magistrados de la Sala Civil son unos “auténticos obreros del Derecho”, afirma cariñosamente.

“Héroes”  

El sucesor de Sebastián Sastre Papiol fue Fernando Pantaleón. Pantaleón era socio de Garrigues, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y uno de los mejores abogados de España en materia de litigación y resolución de conflictos.

Como es fácil presumir, Pantaleón es una persona acostumbrada al máximo nivel de trabajo y exigencia. Sin embargo, tan solo diez meses después de ocupar la codiciada plaza presentó su renuncia voluntaria. En un primer momento, Pantaleón adujo “motivos personales” y mostró su “admiración por el encomiable trabajo que a diario realiza la Sala Primera”. Sin embargo, poco después los medios revelaban que el ritmo de producción de sentencias “a destajo” era el verdadero motivo de su salida. Parece ser que, en esos días, Pantaleón decía a sus allegados que “los magistrados de esa Sala son unos héroes”.

Salas Carceller, magistrado de la Sala Primera, reaccionó a esta noticia y apuntó desde su cuenta en Twitter que cada semana deben redactar dos sentencias y estudiar ocho asuntos:

Captura tuit

Nuevo nombramiento.

La semana pasada conocimos el nombre de la persona que va a ocupar la plaza del quinto turno: María Ángeles Parra, catedrática de Derecho Civil de la Universidad de Zaragoza. Según supimos en los días previos a la elección, la propia Sala Civil mostró al CGPJ su preferencia por Parra. Entre sus múltiples méritos, los magistrados del Supremo valoraban mucho su trabajo como magistrada suplente en la Audiencia de Zaragoza . Parece ser que esta experiencia previa daba a los jueces del alto tribunal cierta seguridad para evitar ‘fugas’ por no adaptarse al ritmo de sentencias de la Sala.

Realmente, el esfuerzo que realizan los diez magistrados de la Sala Civil y los letrados del Gabinete Técnico es titánico. Cada año reciben 4.000 recursos de casación y dictan unas 700 sentencias. Según la última estadística publicada, la Sala Primera se pronuncia sobre la admisión o inadmisión de una casación en un promedio de año y medio y, aquellos recursos que pasan el corte se resuelven en tan solo medio año más. Cualquiera que recuerde cómo funcionaba el Tribunal Supremo en los viejos tiempos sabe valorar que esto es una velocidad de crucero.

Según explicaba Confilegal (@Confilegal), contrariamente a lo que se pueda pensar, el puesto de magistrado de la Sala de lo Civil no es asimilable al de un magistrado del Tribunal Constitucional. Carlos Berbell (@cberbell) lo resumía así:

“En el alto tribunal los magistrados no cuentan con un letrado personal de apoyo ni de un equipo que le haga las cosas sino que tienen que hacérselo ellos mismos. Cada uno de ellos elabora entre dos y tres ponencias a la semana, todas muy complicadas, de casación. El ritmo de trabajo, por ello, es importante e intenso”.

 

“Working class heroes”.

La imagen de que los magistrados del TS viven bien es falsa. Son unos trabajadores incansables. Así lo describía Sastre Papiol:

“[Son unos] auténticos obreros del Derecho. (…) Todos los sábados y domingos trabajaba, como mínimo, de siete a ocho horas. Finalmente me acomodé a vivir en una situación de estrés. Pero pensar que cada semana debía dictar dos sentencias, previa su discusión con mis compañeros muchas veces me agobiaba”.

Por algún motivo, esta imagen me ha recordado la letra de Working class hero, de John Lennon (Apple Records, 1971):

Porque no te dan tiempo en vez dártelo todo
Hasta que el dolor es tan grande que no sientes nada
Podrías ser un héroe de la clase obrera [1] 

Hace poco Sarazá señalaba en una sentencia que “no puede pedirse una actitud heroica” al demandante [2]. Eso es cierto: el heroísmo es, sin duda, digno de elogio y de reconocimiento, pero no puede ser el estándar de exigencia. Tampoco para los tribunales. La sostenibilidad de las instituciones y la calidad de la jurisprudencia no pueden depender del heroísmo de nuestros jueces.

La misión fundamental del Tribunal Supremo es garantizar la seguridad jurídica y no parece que el ritmo de galeras sea muy beneficioso para este objetivo. Los magistrados deben tener el tiempo necesario para estudiar bien los problemas jurídicos y resolverlos con sosiego y rigor. El Palacio de Justicia está en el antiguo convento de las Salesianas y tiene en su interior el Patio de los Naranjos. Cuentan los viejos del lugar que en ocasiones se puede ver en él a magistrados que salen a estirar las piernas y reflexionar sobre la resolución de algún asunto particularmente complicado. La reflexión es una parte fundamental del trabajo de la alta magistratura.

El pasado mes de octubre di una charla sobre casación y abogacía ante el Tribunal Supremo en la facultad de Derecho de la UIC (@DerechoUIC). Al hablar sobre el volumen de trabajo que soporta la Sala Primera, uno de los estudiantes me preguntó por qué esta Sala solo tenía diez jueces. La única respuesta que me vino a la cabeza es que el alto tribunal no es una tercera instancia. Su estructura no está pensada para ser el rompeolas de un maremoto anual de recursos. Sin embargo, la realidad ha superado el diseño constitucional.

En la actualidad, una de las reivindicaciones de la Sala Primera es ampliar la planta en dos magistrados más y reforzar el Gabinete Técnico. A la vista de sus condiciones de trabajo, parece una petición razonable y merece nuestro apoyo.

También los abogados podemos hacer un poco de autocrítica. Nosotros podemos contribuir a que el sistema de casación no llegue al punto de colapso. Aquí las recientes normas de la Sala Contencioso-Administrativo para limitar la extensión de los recursos nos pueden dar una pista sobre cómo conseguir que un escrito sea dos veces bueno. A fin de cuentas, para que la justicia tenga una mejor calidad es necesario superar el heroísmo obrero y dejar tiempo libre para que los jueces paseen entre los naranjos.

[1] by giving you no time instead of it all
till the pain is so big you feel nothing at all
a working class hero is something to be

[2] STS de Pleno 769/2014 de 12.1.2015

 

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